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viernes, 14 de julio de 2017

Pinceladas grafiteras: El francotirador paciente, de Arturo Pérez-Reverte



El francotirador paciente, de Arturo Pérez-Reverte


Después de haber dedicado muchos años de su vida a informar sobre las actividades de francotiradores y guerrilleros en distintos lugares del planeta, Pérez- Reverte  se adentra ahora, llegado ya a la sesentena, en un “territorio comanche” menos arriesgado, para dar vida en  su nuevo libro al mundo de los grafiteros. Estos “escritores de paredes”, como ellos mismos se autodenominan, funcionan al margen de la ley como los guerrilleros, aunque no disparan balas, sino chorros de pintura. Sus armas son aerosoles de muchos colores que les sirven para trazar contornos y rellenan espacios sobre superficies que pueden ser lienzos de pared,  cierres metálicos, vagones de metro y de tren o pilares de alguna obra civil como el madrileño  Viaducto.

La obra participa,  en su elaboración, de los rasgos de las crónicas periodísticas noveladas, al estilo de Truman Capote o Tom Wolfe y de elementos narrativos propios del género negro, tan revitalizado actualmente. Detrás de  estas influencias, más o menos marcadas, puede también distinguirse la sombra romántica y maestra del inolvidable, aunque ahora poco recordado, último romántico Mariano José de Larra., con sus pinceladas de costumbrismo social.

El planteamiento argumental se sitúa en un lugar tan alejado de todo matiz contracultural como es la librería del Museo Reina Sofía de Madrid. Allí, un editor “superexquisito” se encuentra con una scout, que en la jerga editorial es alguien dedicado a encontrar autores y  temas interesantes para su publicación, cuyos servicios profesionales solicita, a cambio de una jugosa compensación económica. La  scout, una treintañera , exploradora intrépida en busca de posibles obras impresas, se encuentra en un momento laboral bajo y acepta sin muchas dudas el encargo del editor de localizar a un mítico grafitero español que se encuentra en paradero desconocido. Este veterano de la escritura mural se esconde, porque se le considera responsable de la muerte de un adolescente que, mientras intentaba trabajarse un tentador espacio de pared, cayó desde un tejado y murió instantáneamente. Su padre, un hombre muy rico,  quiere vengarse de quien considera  modelo e instigador de las actividades de su hijo y, en consecuencia, responsable último de su muerte.

La misión de la scout será e introducirse en el ambiente de los grafiteros y averiguar el modo de conseguir una entrevista con este veterano del arte urbano marginal, que debería figurar como personaje central del libro que sobre este tema pretende elaborar el editor

Tras este inicio, la acción se centra en las actividades indagatorias de la protagonista, mujer de carácter independiente, duro y audaz, cuya única debilidad parece ser la ternura que le inspira el amor de una dulce amistad femenina llamada Eva. La búsqueda del escurridizo grafitero, cuyo nombre de guerra es Sniper- francotirador en inglés- constituye el desarrollo de la trama,. Seguir su rastro llevara a su perseguidora a recorrer las calles de Madrid,  Lisboa, Verona, Roma y, por último, Nápoles. A lo largo de este recorrido el autor  plantea una serie de situaciones que le permite poner de manifiesto quienes son, cómo actúan y qué pretenden estos  jóvenes que dedican largas horas, casi siempre nocturnas, a expresar sus frustraciones, rechazos y protestas con un peculiar lenguaje plástico, inseparable de la condición urbanita de quienes lo emplean. La máxima de que “si es legal no es grafiti”, implica el rechazo de toda sujeción a exhibiciones controladas y, por supuesto, a todo contacto con galeristas, exposiciones o cualquier otra acción contaminada por tintes comerciales. Las frecuentes persecuciones policiales suponen un incentivo más para mantener viva esta lucha por la búsqueda de la propia identidad figurativa y la libertad de expresión gráfica. El elevado coste que supone para los contribuyentes la limpieza que los ayuntamientos deben realizar para suprimir estas no solicitadas manifestaciones pictóricas no les produce la menor inquietud, hasta el punto de negarse a “trabajar” en espacios previamente acordados y autorizados por las autoridades competentes. Ya se sabe, si es legal, si no provoca, no inspira.

La indiscutible magnitud lograda por esta actividad y la dedicación que suscita entre sus adictos son innegables. El autor afirmó en una entrevista conocer a un grafitero que llevaba iluminados 530 vagones de metro en el momento de ser arrestado. Invitar al lector a conocer los entresijos de  este submundo del arte o de la protesta gráfica ha sido una buena idea que pone una vez más de manifiesto su buen olfato  para abordar  cuestiones de interés general. Quizá la figura de la protagonista, Alejandra Varela, Lex para los amigos, no es la mejor entre sus heroínas. Tampoco la de Sniper, el antihéroe, está muy conseguida. Lo mejor es la evocación de esos jóvenes que sueñan con ver a sus creaciones recorrer kilómetros sobre ruedas de tren o de metro o ser contempladas por infinidad de viandantes como medio de salir de la masificación y el anonimato en que viven de forma habitual. Tras horas de riesgo, vestidos de oscuro y encapuchados para despistar a las posibles cámaras de vigilancia, vuelven a su casa, a ver tv o escuchar música, satisfechos y tranquilos. Sniper no. Según él mismo explica a Lex:

“Yo vuelvo a casa a pensar en cómo joderlos a todos de nuevo. No busco un mundo mejor. Sé que cualquier otro de los posibles será aún peor que éste. Pero este es el mío y es el que quiero atacar.
Un poco más adelante concluye:

“Yo no busco denunciar las contradicciones de nuestro tiempo. Yo busco destruir nuestro tiempo”.

Nihilista y malhablado, Sniper no aparece como prototipo de los grafiteros sino como su  extremo  más negativo. Por eso mientras aguarda con paciencia que sus planes destructivos se cumplan, en un ingenioso giro argumental, otro francotirador, también paciente, acecha el momento de ajustar con él antiguas cuentas. Gracias a eso, la novela se inclina más al género negro que al antes predominante testimonio sociocultural.  El lector se lleva una sorpresa, quizá no del todo inesperada, cuando la navaja sustituye al aerosol y la sangre al vinilo de tono rojizo.

Desde el punto de vista literario, no es esta obra la de mayor calidad estética o de fuerza creativa entre todas las que constituyen la amplia bibliografía de este francotirador paciente de la escritura no pintada sino impresa.

Su estilo desgarrado y  sus apresuradas secuencias argumentales, no muy firmemente engranadas entre sí y poco perfiladas en sus contornos, son rasgos que apoyan esta afirmación. Los diálogos, elemento clave de la construcción narrativa, son a veces algo pretenciosos, pese a vulgaridad del vocabulario, y acaban por sonar poco naturales.

Sin embargo, el trasfondo de crítica a ciertas tendencias del arte moderno, que no son cultura  sino  modas sociales de nuevos ricos, queda bien formulada. Por contraste con ellas, la reivindicación de estos héroes del aerosol clandestino, en su esfuerzo por darse a conocer, por destacar el “tag” que  los distingue, acaba por resultar si no convincente, al menos conmovedora, pese a la apropiación de espacios ajenos hecha contra la voluntad de su dueño.  Esta guerra, casi siempre perdida y que se ha cobrado ya víctimas, grafiteros caídos en combate, precipitados desde alturas mortales o por accidentes variados, si que está bien contada, dentro de la habilidad narrativa conocida en obras anteriores de Pérez Reverte.

Publicado por admin el 02/12/13

Por Pilar de Cecilia

 http://www.troa.es/forocultural/el-francotirador-paciente-de-arturo-perez-reverte_7598/

Poco o nada de la temática romántica



Últimas tardes con Teresa

Autor: Juan Marsé

La apariencia de novelita romántica con tintes sociales que retrata el ambiente de una época, no debe engañarnos respecto al valor literario de esta novela. Últimas tardes con Teresa se lee fácilmente. La recreación de la atmósfera típica de un verano en Barcelona con las características propias de una vacación mediterránea -sol, ropa ligera, playa, turistas, copas y bailes con verbena incluída- configuran el escenario de un relato sensual, desenfadado, sin grandes complejidades de fondo ni de forma.

Sin embargo, debido al uso y al abuso voluntario del estereotipo conseguido por el particular manejo del lenguaje en los tres niveles que abarca la narración -novela rosa, novela de aprendizaje político, novela social- hacen de Marsé un excelente retratista de su época. Narrador agudo, consigue que las imágenes se acerquen a la caricatura cuando inciden en la rigidez de las poses, en la necesidad de afirmarse a través de las formas exteriores, en los discursos huecos pero altisonantes que acompañan a los personajes, todo ello contrastado con la falta de perspectiva para quien nace en la pobreza.

Novela social

Manolo es un habitante de Monte Carmelo, barrio pobre, decadente y marginal. En realidad es un xarnego, un murciano emigrado a Barcelona con la ilusión de conseguir alguna alternativa a una vida mísera y solitaria: la madre viuda, se lía con otro hombre y él recurre a su hermanastro.
El chico sueña desde pequeño con ser otro personaje, alguien distinto con una vida mejor, y le gusta fantasear con la idea de ser hijo de un Duque, origen que cultiva en secreto. Pero también, sosteniendo estas fantasías, hay en Manolo un auténtico gusto por las cosas buenas de la vida. El niño desarrolla cierta sensualidad y aprecio por lo bello, por lo agradable y estético, derivando este deseo en una actitud vital de búsqueda, una cierta ambición:

“El contacto con la fina tela del pijama fue para él una sensación imprevista y una de las más maravillosas que habría de experimentar en su vida, una sensación acoplada perfectamente a esta ternura del primer beso, o tal vés incluso estableciéndola, precisándola, como si el sentimiento afectivo le entrara por las puntas de los dedos igual que una corriente comunicada por la seda.” (pág. 98).

De todos los personajes de Monte Carmelo, Manolo es el único disconforme con lo que le ha tocado, no quiere ser como Bernardo Sans, amigo que sirve de contrapunto: tosco, vulgar, sin ambiciones.
El robo de motocicletas es un medio de vida para los jóvenes marginales, una manera de conseguir dinero rápido si no se dejan pillar por la policía. La otra alternativa es trabajar en empleos mal remunerados y casarse con mujeres como Hortensia o Rosa, carentes de atractivo y glamour.
La primera escena de la novela, acertada introducción llena de movimiento, nos presenta al protagonista colándose en una verbena de ricos, falseando su propia identidad. Seduce a una chica, pero no sabe que ella también tiene otra identidad que no es la supuesta. El despertar a la realidad lo violenta:

“…Entró en la muchacha como quien entra en sociedad: extasiado, fulgurante y esplendorosamente investido de una ceremonial fantasía del gesto, maravilla perdida de la adolescencia miserable…
… Y hasta que no empezó a despuntar el día en la ventana, hasta que la gris claridad que precede al alba no empezó a perfilar los objetos de la habitación, hasta que no cantó la alondra, no pudo él darse cuenta de su increíble, tremendo error. Sólo entonces, tendido junto a la muchacha que dormía, mientras aún soñaba despierto y una vaga sonrisa de felicidad flotaba en sus labios, la claridad del amanecer fue revelando en toda su grotesca desnudez los uniformes de satén negro colgados de la percha, los delantales y las cofias, sólo entonces comprendió la realidad y asumió el desencanto.
Estaba en el cuarto de una criada.” (pág. 63-4)

Lo que no dice la novela pero se deduce fácilmente, es que Manolo sedujo precisamente a Maruja porque, en esa verbena, ella era la única pobre y desposeída como él:
“… la envolvía un curioso aire de timidez y abandono, como si ella también acabara de llegar y no conociera a nadie.” (pág. 22).

Cuando Maruja entra en coma, la cercanía entre Teresa y Manolo -cercanía que se produce por circunstancias especiales: la clínica, las tardes compartidas, etc.- propicia el romance. Pero hay un detalle importante: Luis Trías, el novio pijo de Teresa, la había dejado insatisfecha y frustrada. Y Manolo irradia el atractivo del macho sureño, es una promesa de placer real. Eso, y la fantasía que ella alimenta sobre la actividad política de Manolo, -que es nula pero que Teresa considera real y auténtica, porque lo cree obrero- harán el resto. Sin identificación política, Teresa no habría dado un paso adelante, se escuda en un ideal compartido, en una lucha en común. Las diferencias sociales se mistifican, se trastocan. En realidad no se buscan o desean como personas sino como símbolos sociales:

“Hace muchas preguntas, pero son puramente sensitivas, buscan no la verdad, sino más bien un clima ideal para la verdad; no obedecen a un deseo de saber, sino a un cordial deseo de confirmación: porque Teresa Serrat ya sabe, ya tiene su idea y su dulce veredicto sobre la vida de un joven como éste en un suburbio. Así, ciertas opiniones expresadas de entusiásticamente por ella (“La vida de pecé, de todos modos, ha de ser estupenda e incluso divertida en tu barrio, ls noches del verano, con los compañeros, las discusiones en el café…”), merecían, por confusas, una inmediata y rotunda negativa del murciano (“¡Qué peces de colores ni qué noches de verano, si en mi barrio sólo hay aburrimiento y miseria!”), pero esta negativa no hacía sino resbalar sobre su sonrisa feliz, no la inducía a ningún cambio de criterio, a la más leve alteración en su escala de valores; su límpida y risueña mirada seguía afirmando: “Sí, qué maravilla tu barrio”.” (pág. 225).
Y para Teresa, el mundo “bajo” del Pijoaparte ejerce un fuerte atractivo: la tosca bufanda de lana es en ella un equivalente del pijama de seda de la infancia de él. Buscan los extremos desconocidos por diferentes razones: él porque desea verse rodeado de cosas buenas que le son inaccesibles, ella por el exotismo de tocar lo que no tendrá jamás de forma natural. Y porque eso la acerca al pueblo, entendido como paraíso de lo real.

Manolo no aspira a poseer a Teresa como mujer, no llega tan lejos su osadía. Él aspira a conseguir un trabajo a través de los contactos que pueda suministrarle Teresa, un trabajo que cambie su vida. Luego quizá… Sin méritos no habrá premio.

Sin embargo el final de la novela es una caída en picada ya que la realidad constata lo separadas que están las clases sociales y como funciona el sistema: ella terminará “superando” la experiencia del verano con ligereza y un aire frívolo, refugiada en su mundo de niña rica, al cual pertenece por cuna y por voluntad. Él, a su vez, paga con la cárcel el delito cometido: robar la moto para correr a donde su amada:

“… se lo contó todo al propio Luis, en el bar de la facultad, riéndose y sin dar con las palabras, igual que si se tratara de un chiste viejo y casi olvidado pero sumamente gracioso…” (pág. 470).
Otro elemento interesante que introduce Marsé es la comparación entre Teresa y La Hortensia: una Teresa sin brillo, una muchacha gris en comparación con una muchacha dorada, opaca en vez de luminosa. Las diferencias están dadas por pertenecer a dos clases sociales distintas, las oportunidades de una y otra las han hecho diferentes; pero para Manolo, el glamour de Teresa es un afrodisíaco, la vulgaridad de La Jeringa un revulsivo, un recuerdo de la miseria de la cual quiere escapar a cualquier precio:

“Esas piernas que se agitan en el aire, que parecen fustigar el sol desesperadamente, sólo necesitan un dorado de playa para ser las de Teresa. Entornando los párpados, Manolo observó detenidamente a la muchacha. Estaba graciosa y era muy bonita, y él sintió la oscura necesidad de preguntarse de nuevo por qué, antes de conocer a Teresa, no podía haberse enamorado de ella. El amor es irracional y ciego, dicen, pero sospechaba que eso era otro cochino embuste inventado para engañar a las almas simples; porque si hubiese conocido a Hortensia al volante de un coche sport, por ejemplo, como en el caso de Teresa, enamorarse de ella hubiera sido lo más fácil y natural del mundo. ¿Qué eso ya no habría sido amor? Amor y del grande.” (pág. 303).

Novela política

En Últimas tardes con Teresa hay una crítica, en tono burlesco, a los chicos de buenas familias que van de “progres”, intentando demostrar un compromiso político que están lejos de entender y que no va más allá del uso de un lenguaje particular y una pose de moda.

Los momentos más irónicos los logra Marsé cuando describe sus actividades y sus posturas políticas. Realmente es una parodia, la frivolidad de sus discursos resuma patetismo, son unos niñatos que pretenden conocer mundo y no han salido de sus barrios. Es el caso de Teresa: va de revolucionaria pero conduce un coche deportivo descapotable digno de una princesa:

“Crucificados entre el maravilloso devenir histórico y la abominable fábrica de papá, abnegados, indefensos y resignados llevan su mala conciencia de señoritos como los cardenales su púrpura, a párpado caído humildemente; irradian un heroico resistencialismo familiar, una amarga malquerencia de padres acaudalados, un desprecio por cuñados y primos emprendedores y tías devotas en tanto que, paradójicamente, les envuelve un perfume salesiano de mimos de madre rica y de desayuno con natillas: esto les hace sufrir mucho, sobre todo cuando beben vino tinto en compañía de ciertos cojos y jorobados del barrio chino, sombras tabernarias presumiblemente puteadas por el Régimen a causa de un pasado republicano y progresista. Entre dos fuegos, condenados a verse criticados por arriba y por abajo, permanecen distantes en las aulas, inabordables e impenetrables, sólo hablan entre sí y no mucho porque tienen urgentes y especiales misiones que cumplir, incuban dolorosamente expresivas miradas, acarician interminables silencios que dejan crecer ante ellos como árboles, como finísimos perros de caza olfatean peligros que sólo ellos captan, preparan reuniones y manisfestaciones de protesta, se citan por teléfono como amantes malditos y se prestan libros prohibidos.” (pág. 324-5).

En la España de Franco, bastaría sólo con asumir una pose de protesta para pasar por un revolucionario en un ambiente conservador. La novela sitúa la acción en la segunda parte de la década de los 50s, cuando los estudiantes comenzaron a cuestionar muchas cosas. El lenguaje de Marsé consige caricaturizar a estos chicos, con Luis Trías de Giralt como su líder. En realidad, son pura teoría, viven como miembros de la alta burguesía, están alejados del pueblo e ignoran su sentir.
Precisamente por eso, tanto Teresa como Luis, observan fascinados a Maruja y Manolo. Para ellos, este par de chicos pobres encarnan todas las virtudes de la gente corriente. Además, Maruja y Manolo viven libremente como a ellos le gustaría vivir. Aunque en realidad, lo que ellos no saben, es que sus ídolos viven así porque no tienen otra alternativa.

En el aspecto sexual Maruja y Manolo son mucho más sabios, más naturales y espontáneos. Los que nacen en una Villa crecen con prejuicios respecto al sexo, los que crecen en el Monte Carmelo están expuesto a un desarrollo precoz. Así como el Pijoaparte sueña con la dueña de la Villa cuando visita a Maruja, Teresa sueña también con el novio de Maruja cuando le falla Luis. Los opuestos atraen por exóticos, por cierto morbo, pero sobre todo por lo que significan: aquello que no pueden tener e imaginan como un ideal inalcanzable.

Los retratos que hace Marsé de los estudiantes responden a la imagen que ellos quieren reflejar. No describe a la persona, describe lo que el personaje representa como miembro de una determinada clase social. Ya sea en el aspecto físico:

“Apareció corriendo y envuelta en ese desorden personal que revela la existencia del sólido ya auténtico confort -el cinturón de la gabardina a punto de desprenderse y rozando el suelo con la hebilla, un rojo pañuelo de seda colgando de un bolsillo, los rubios cabellos caídos sobre el rostro y ajustando el pie, con moviemientos nerviosos, un zapato que se le había desprendido al correr- esa encantadora negligencia en el detalle que es claro signo de despreocupación por el dinero, de confianza en la propia belleza y de una intensa, apasionada y prometedora vida interior: en los seres mimados por la naturaleza y la fortuna, un encanto más.” (pág. 109-10).
O en la personalidad que esconden:

“… a Luis Trías se le suponía “políticamente conectado”. Estudiante aventajado de económicas, nieto de piratas mediterráneos, hijo de un listísimo comerciante que hizo millones con la importación de trapos durante los primeros años cincuenta, era alto, guapo, pero de facciones fláccidas, deshonestas, fundamentalmente políticas, carnes rosadas, el pelo rizoso y débil, la mirada luminosa pero infirme: parecía un Capeto idiotizado y con paperas… y tenía ese aire un poco perplejo de manso seminarista en vacaciones, con un leve balanceo de la cabeza a causa del vértigo teológico, del peso trascendental de las ideas o de una simple flojera del cuello, casi como si anduviera graciosamente desnucado.” (pág. 150).

Novela rosa

Es lo que parece al principio: una historia de amor entre dos chicos jóvenes durante los meses de verano, una relación muy osada entre la rubia rica y el guapo pobre. Sin embargo, más que amor entre ellos lo que hay es una experiencia vital entre los dos protagonistas que, debido al accidente de Maruja, comparten sus días durante un corto período de tiempo. Las circunstancias propician la relación: ella se siente atraida por el macho ibérico, a quien le atribuye un rol político que no tiene. Él desea encontrar un trabajo que lo saque de su pobreza y Teresa le ofrece la posibilidad de conseguirlo.

Las novelas de la posguerra española eran novelas con un fuerte contenido social: las injusticias, la pobreza, el dolor eran los grandes temas. Al mismo tiempo surgió la novela rosa que intentó una evasión de la dura realidad buscando el mundo frívolo y un tanto hollywoodense de las clases altas. La revista “Hola” comienza a circular por esa época originando la mal llamada prensa del corazón, un género periodístico cuyo único interés es la vida de ricos y famosos.

Corín Tellado fue el máximo exponente del género de la novela rosa, y es considerada la escritora española más leída después de Cervantes. Se trataban de novelitas cortas, superficiales, con hombres guapos y mujeres bellas, cuya única función era entretener al público y hacerles olvidar las dificultades de la vida cotidiana. Marsé utiliza el lenguaje de estas novelas como estereotipo. Pienso que lo hace con una intención de ironizar y trastocar el género: no hay final feliz (como en las novelas rosas), y no hay entrega de los amantes (Teresa y Manolo no llegan a consumar). Entonces, podemos preguntarnos, ¿hay romance en Últimas tardes con Teresa o se trata sólo de un malentendido?

De novela de amor no queda nada, excepto la traición de Hortensia por celos y el lenguaje excesivamente dulce, plagado de adjetivos, que intenta retratar una situación particular, propia de un romanticismo edulcorado. Situación que es barrida por el viento del otoño y el cambio de estación. Era impensable una relación seria entre el Pijoaparte y la chica de los Serrat, la muerte de Maruja los ancla en la realidad: ya no hay un pretexto para seguir viéndose. Cada uno regresa a lo que tenía antes del verano, en escenarios diametralmente opuestos, como si jamás se hubieran cruzado en el camino de la vida.

Los textos corresponden a la edición de Seix Barral de bolsillo.
Por Liliana Costa
Publicado el Marzo 17, 2009

https://www.lilianacosta.com/ultimas-tardes-con-teresa/

Literatura española del Modernismo


El Modernismo surgió en los últimos años del siglo XIX y principios del siglo XX en Europa y en América. Las incipientes corrientes del pensamiento finisecular tenían la intención de renovar la situación social y política, así como las tendencias artísticas del momento, es decir, Realismo y Naturalismo. En un principio el término “modernista” tuvo carácter despectivo ya que era utilizado por aquellos que se oponían a las novedades, pero con el tiempo pasó a designar, sin ninguna connotación negativa, a los cultivadores de esta nueva tendencia. El máximo representante del Modernismo es el nicaragüense Rubén Darío.


Puede decirse que el Modernismo empieza a gestarse en los primeros años de la década de los 80 del siglo XIX. Su desarrollo llegaría hasta la Primera Guerra Mundial. En este periodo se producen acontecimientos como la crisis y el desastre del 98 para España. El año 1898 significó para España la pérdida definitiva de todas sus antiguas colonias americanas. Sin embargo, en 1898 no perdió tanto territorio (Cuba y Puerto Rico en América y Filipinas en Asia) como durante el reinado de Fernando VII de España.


Hay que destacar que la literatura en español desde finales del siglo XIX no tiene su centro de irradiación en España como ocurría en siglos anteriores. En el caso del Modernismo, además, hay que decir que es un movimiento que más bien surge en América. La entrada del Modernismo en España se produjo en 1892 con la llegada de Rubén Darío. El Modernismo en España es incomprensible sin ponderar la aportación de la literatura americana. No hay consenso en la actualidad para el debate “entre los que perciben el Modernismo como opuesto a la Generación del 98 y los que proponen un punto de vista más ancho o "epocal" de la cultura española finisecular”.


El Modernismo supuso también renovación y rebeldía frente a la literatura imperante en la época. Los modernistas innovaron para encontrar otros temas y formas que estuvieran más acordes con sus inquietudes. Una gran influencia para el Modernismo fueron estas dos corrientes literarias francesas: Parnasianismo y Simbolismo. La ruptura modernista también tiene su origen en la crisis espiritual generalizada de finales del XIX, con distintas características a ambos lados del Atlántico. El Modernismo ha sido nombrado como "rebeldía de soñadores". Federico de Onís lo ha definido como "la forma hispánica de la crisis universal y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX".


En Hispanoamérica, como consecuencia de los sentimientos independentistas y nacionalistas de los Estados que se habían independizado recientemente de la metrópoli o de aquellos que lo harían próximamente, surge el rechazo ante los modelos españoles. Por tanto, los modernistas americanos estuvieron más influidos por escritores europeos, especialmente por los literatos franceses, que por los españoles. Esta intención de separación de lo que había representado una opresión se vio frenada en los viajes de los escritores americanos a Europa y concretamente a España, pues encontraron en España también una serie de escritores sensibles al cambio estético y social. Los viajes supusieron una influencia mutua y un importante acercamiento.


Los modernistas españoles, en cambio, sí fueron influidos principalmente por el Modernismo hispanoamericano, aunque también lo fueron por los parnasianos y simbolistas franceses. Uno de los sucesos más importantes para la España de la época fue, como se ha dicho, el Desastre del 98.


Características


Los rasgos característicos del Modernismo se ven tanto en los temas como en el estilo. En general, desea la armonía, la plenitud y la perfección de un mundo que quieren idealizar y del cual huyen.


Temas


La belleza sensorial y la huida del mundo: los modernistas buscan un mundo más bello y expresivo en donde puedan refugiarse, quieren huir del mundo real, de lo cotidiano y de la rutina abstracta. Por tanto, tienen predilección por el mundo medieval, por el mundo clásico y el Renacimiento, por la Francia de Versailles de los siglos XVII y XVIII y por los lugares lejanos y exóticos. Son comunes los ambientes refinados, e historias en las que aparecen princesas, héroes mitológicos y literarios, etc. El color azul y el cisne son algunos de los elementos favoritos de los modernistas. El azul simboliza la libertad y el cisne representa la tendencia a lo aristocrático (en oposición a lo burgués). Esta tendencia a evadirse del mundo real y buscar otros más bellos tiene relación con el Romanticismo, anterior al Realismo.


El mundo interior del escritor: los modernistas se alejan del Realismo, que se centra en la observación de los ambientes y los paisajes, para pasar a describir sus sentimientos personales, que muchas veces se identifican con el paisaje, que es el reflejo del estado de ánimo del autor. Hay que destacar también el sensualismo y la idealización de la mujer y del amor. En la expresión del mundo interior también encontramos relación con el Romanticismo; aunque, por ejemplo, el amor imposible es tratado de manera distinta.


Estilo


Para plasmar la belleza y su mundo interior, los modernistas escogen cuidadosamente las palabras, para producir efectos de musicalidad y color.



Recurso:


Utilización de una gran cantidad de recursos fónicos como onomatopeyas, aliteraciones, etc.


Uso abundante de otras figuras literarias como metáforas, alegorías, paralelismos y sinestesias.


Empleo frecuente de adjetivación ornamental y de palabras exóticas, cultas y sugerentes que expresen sus sentimientos.


Recuperación de algunos tipos de versos poco utilizados, como el alejandrino o el eneasílabo, aunque se continúan utilizando otros como el endecasílabo y el octosílabo, que ya estaban más que consagrados en la literatura española. También se da una recuperación de estrofas en desuso como la cuaderna vía (que utiliza versos alejandrinos) y se crean nuevas estrofas.


Versificación por pies (distribución idéntica de acentos en grupos de sílabas iguales) para conseguir una acentuación del ritmo.




Parnasianismo y Simbolismo


La influencia de estos dos movimientos, desarrollados en Francia desde mediados del siglo XIX, fueron muy importantes en la instauración del Modernismo en España.


El Parnasianismo, llamado así porque se manifestó con su revista Le Parnasse Contemporain (1866-1876). Esta publicación postula el arte por el arte, lejos de las ambiciones trascendentes y sentimentales que defendía el Romanticismo. Sus partidarios pretendían crear "objetos bellos", abordando temas exóticos y ornamentándolos con un lenguaje sensorial, pero frío; el padre de esta tendencia fue el poeta francés Leconte de Lisle.


El Simbolismo, en cambio, sí que posee una ambición trascendental. La figura principal del movimiento es Charles Baudelaire. Para el autor de Las flores del mal, todo el universo, terrenal y espiritual, forma un conjunto armonioso, unido entre sí por invisibles correspondencias, y la personalidad del poeta es quien se encarga de revelarlas. De esta manera, por ejemplo, una puesta de sol podría verla el escritor como un símbolo de decadencia, así como el amanecer simbolizaría el renacimiento. Este supuesto sugiere al poeta comparaciones, pero fundamentalmente metáforas.





Literatura contemporánea: una rica fuente de lectura

La literatura contemporánea incluye la producción literaria “occidental” que se dio en Europa y América durante la Edad Contemporánea.
La literatura contemporánea implica estilos literarios tales como el romanticismo, movimiento literario, cultural y político que se basa en los siguientes conceptos: el rechazo a la razón, la libertad como causa principal y la exaltación del sentimiento, primordialmente.


Este movimiento produjo obras sustentadas por el predominio del “yo”, así como por la evasión formal. Sus autores fundamentales son: Johan Wolfgang Von Goethe, Walter Scott, Lord Byron, José Espronceda, José Zorrilla y Mary Shelley, entre otros.


Literatura contemporánea e inicio de las vanguardias


El siguiente movimiento se desarrolló a finales del siglo XIX bajo el nombre de realismo o naturalismo. Emergió como reacción a los excesos del romanticismo y continuó con el pesimismo anterior, exceptuando las nociones al sentimentalismo, la fantasía y la anarquía.


Después germinó la novedad social, literatura de la nueva sociedad de clases. Algunos de sus representantes principales son: Emilio Zola y Gustave Flaubert, entre otros.


Posteriormente, se alza la experimentación del modernismo con el inicio de las vanguardias. Entre sus características primordiales se encuentran: el elitismo frente a la cultura de masas, la deconstrucción y la experimentación. Algunos de sus principales exponentes son: Rubén Darío, Ramón María del Valle-Inclán, Ernest Hemingway y Marcel Camus.


Literatura contemporánea española


La literatura contemporánea española se desarrolló en los siglos XIX y XX, y abarcó varios movimientos, entre ellos, los siguientes: Generación del 98; Novecentismo y la Generación del 27.


Entre sus figuras destacadas figuran: Eugenio D´Ors, Gabriel Miró, José Ortega y Gasset y Alberto Méndez, por citar algunos ejemplos.


ROSA MONZÓN | 2 julio, 2013


http://www.revistacatalejo.com/2013/07/02/literatura-contemporanea-definicion-caracteristicas/

sábado, 28 de enero de 2017

Don Juan y el romanticismo español



POR JUAN PABLO FUSI Miércoles, 05-11-08

  «ESPAÑA, aún hoy es un país aparte, separado en historia, usos, costumbres y modos de pensar de todo el resto de Europa», escribió Irving en Cuentos de la Alhambra: «es un país romántico», concluía. Puede ser. Larra veía, sin embargo, la España en que él escribía (1828-36) como una sociedad de «ociosos y habladores», pendientes de la maledicencia, del juego y de las relaciones sociales -visitas, tertulias, teatro, ópera, cafés-, en la que ser funcionario y tener un sueldo constituían las máximas aspiraciones sociales; como una sociedad vulgar, mediocre, inculta, sin estímulos («Madrid es el cementerio», escribía en noviembre de 1836), donde escribir era llorar, y donde el cambio político de 1833 había traído a los «facciosos», esto es, la guerra carlista, y un liberalismo débil y conservador. Cuasi, título de un artículo que publicó el 9 de agosto de 1835, era para él la palabra clave. En España había -escribía- «...unas cuasi instituciones reconocidas por cuasi toda la nación; una cuasi-Vendée en las provincias con un jefe cuasi imbécil; una cuasi libertad de imprenta...». España estaba «cuasi siempre regida por un Gobierno de cuasi medidas». Existía «una esperanza cuasi segura de ser cuasi libres algún día»; era un país, añadía, de «muchos hombres cuasi ineptos».

   Paradójicamente además, España, el país romántico, no tuvo un romanticismo fuerte, y si lo tuvo fue, en todo caso, con la excepción de Espronceda, un romanticismo conservador y tradicionalista. En efecto, como movimiento literario, el romanticismo español, que participó de todas las características del romanticismo europeo -imaginación, pasión, melancolía, gusto por lo legendario, lo tenebroso y lo fantástico-, tuvo muy escasa entidad. De los poetas (duque de Rivas, Escosura, García Gutiérrez, Ros de Olano, Gil Carrasco, Zorrilla, García Tassara...) sólo se salvarían Espronceda (El Estudiante de Salamanca, El Diablo Mundo, Canciones...) y Bécquer, éste ya tardíamente, en la década de 1860. La novela romántica -que cultivaron Larra (El doncel de Don Enrique el doliente, 1834), Fernán Caballero (La gaviota, 1849), Martínez de la Rosa (Doña Isabel de Solís, reina de Granada, 1837), Patricio de la Escosura (el conde de Candespina, Ni rey ni roque), Rafael Húmara (Ramiro, conde de Lucena, 1823) y otros- fue un fracaso, no resistió el paso del tiempo. La literatura costumbrista (Mesonero Romanos, Larra, Estébanez Calderón), contemporánea del romanticismo, tuvo, comparativamente, mayor calidad y, por ello, mayor vigencia.

  El teatro romántico, que encontró su inspiración en el retorno al teatro clásico del Siglo de Oro, produjo en cambio varios dramas perdurables (La conjuración de Venecia, 1830, de Martínez de la Rosa; Don Álvaro o la fuerza del sino, 1835, de Ángel de Saavedra, duque de Rivas; El trovador, 1836, de García Gutiérrez; Los amantes de Teruel, 1837, de Juan Eugenio de Hartzenbusch) y un éxito, con el tiempo, memorable, Don Juan Tenorio (1844) de José Zorrilla, autor que se había dado a conocer en ocasión dramáticamente romántica, al leer unos melancólicos y efectistas versos en el entierro de Larra el 15 de febrero de 1837, y que había estrenado previamente, y con gran éxito, El zapatero y el rey (1841-42).

  Versión romántica, efectivamente, de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina (1616) y de No hay plazo que no se cumpla y deuda que no se pague o el convidado de piedra de Antonio Zamora (1714), la obra de Zorrilla era indudablemente una de las versiones más eficaces y atractivas del mito de don Juan, para entonces ya un mito universal (del que se habían ocupado, por ejemplo, Moli_re, Mozart, Byron y Dumas). Don Juan Tenorio de Zorrilla era un prodigio de versificación fácil y pegadiza, y a veces declamatoria, sobre una construcción teatral muy hábil apoyada en una acción intensa que mantenía vivo en todo momento el interés del público. Además de don Juan, Zorrilla incorporaba a la obra nuevos personajes y tipos singulares y bien definidos: doña Inés, don Luis Mejía, la Brígida. Potenciaba los elementos ya usuales en el romanticismo: historicismo (la trama sucedía en Sevilla, hacia 1545), panteones, nocturnidad, conventos, estatuas espectrales, muertes, sombras. Jugaba con pasiones esenciales, como el amor, los celos, la seducción, el rapto, la traición, el escándalo, la profanación, la muerte, la salvación. El don Juan de Zorrilla aparecía en escena como el arquetipo del mito: seductor, fanfarrón, pendenciero, mujeriego, transgresor, desafiante, libertino. Pero Zorrilla añadía al tema una variable original, que daba al personaje una mayor complejidad psicológica, y al drama, un sentido nuevo. El don Juan de Zorrilla era, en efecto, un don Juan enamorado y un don Juan redimido por el amor puro y espiritual de doña Inés. El tema de la obra era así, ahora, el tema de la salvación y la redención por el amor: misericordia de Dios y apoteosis de amor, titulaba intencionadamente Zorrilla el tercer y último acto de su drama.

  Zorrilla combinaba así en su Tenorio tres temas a la vez atractivos y reconfortantes para el público bienpensante español: el mito de la masculinidad absoluta, la pureza y espiritualidad del amor de la mujer, y el arrepentimiento y conversión final del héroe libertino y seductor. Subtituló su obra como «drama fantástico-religioso». Lo era. La lectura que podía hacerse del desenlace de su Don Juan Tenorio era inequívoca: una defensa de la tradición, de la religión, de la clemencia divina. La obra venía a ser, así, como la encarnación del romanticismo español: un drama conservador y tradicionalista para un romanticismo integrado y moderado. Zorrilla mismo fue más un profesional de las letras atento al éxito comercial y a los gustos del público, que un escritor que pensara y se planteara las preocupaciones existenciales y estéticas, el mundo moral y la filosofía política del romanticismo.


Comentario: Don Juan Tenorio nos presenta al seductor enamorado de Doña Inés, quien al final de la historia logra ser su redentora hacia el cielo, como manifestación fantasmal, pura de su amor, salvándolo así del espectro del Comendador, quien venía a llevárselo al infierno. Esto es un elemento denotativo que podemos diferenciar dentro del Don Juan Tenorio de José Zorrilla.

Publicado por: Eslany Indriago, Milimar López y Sergio Pineda.

INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DEL ROMANTICISMO ESPAÑOL


  En el libro Introducción al estudio del Romanticismo español, (1936) puede considerarse cronológicamente la primera obra importante de la amplia bibliografía de Guillermo Díaz-Plaja. Pese a su juventud –escrito a los 26 años¬ un jurado presidido por Antonio Machado, y compuesto por Pío Baroja, Ángel González Palencia, Pedro de Répide y José Montero Alonso, le otorgó el Premio Nacional de Literatura de 1935. El galardón al libro fue un reconocimiento a la calidad de sus análisis y a su capacidad de síntesis para hacer comprender un período de las letras españolas del siglo XIX hasta entonces poco estudiado. La obra es una reelaboración ampliada de sendos cursos impartidos por el autor en la Universidad de Barcelona en los años académicos 1933-34 y 1934-35.

  El autor comienza el estudio con el encuadre cronológico del fenómeno literario y cultural romántico en la época como un cambio de parámetros estéticos y de contenido con la idiosincrasia y los cánones del Barroco y del Neoclasicismo que le precedieron en el XVII y XVIII pero que sirvieron para su caldo de cultivo. “El Romanticismo es un fenómeno surgido del movimiento general de las ideas del Setecientos; es la versión estética de la rebelión individualista que preconiza el racionalismo, de la libertad que propugna la Enciclopedia, de la defensa de la pasión que va desde Spinoza a Rousseau”. (pág.15) “El Romanticismo es el derecho a lo plural, a lo relativo, a lo pasajero; es por tanto una crisis de la Clasicidad”, (pág. 17) dice en su introducción el autor.

 “Una gran parte del Romanticismo español se acomoda a la distinción hegeliana que separa el mundo clásico del romántico-cristiano” (pág. 23) añade, al comenzar por esta faceta religiosa, una característica de algunos poemas que ensalzaban valores cristianos como las Cruzadas y las virtudes de sus caballeros. Sin embargo, esta tendencia al inicio del movimiento tradicional cristiano irá dejando paso después a una visión más laica “de tipo totalmente distinto: revolucionario, paralelo a la época que siguió a la larga represión fernandina” (pág. 26) y contemporáneo a las Cortes constituyentes de Cádiz.

 El estudio enfoca a continuación el concepto de poesía que caracteriza al Romanticismo, concebido en la línea platónica como una “embriaguez” frente a la “mímesis” o imitación del concepto de la poética aristotélica. “El Romanticismo no concibe otra poesía que la inspirada, el autor hace circular el mundo alrededor de su yo” (pág. 38) y cita a Feijoó quien señala que “el entusiasmo es esencial para la poesía”. (pág. 39) En el mundo romántico “lo que se valora en el yo es el aspecto afectivo, sentimental”, mientras se rechaza “lo retórico, lo metafórico, lo alambicado” (pág. 40) de las épocas precedentes.

  En ese contexto de inspiración espontánea se renuncia las fórmulas de métrica poética a la vez que tanto en su forma como temáticamente se ensalzan y recuperan los romances medievales como obra del pueblo, como expresión del sentimiento popular.

 En el capítulo titulado “El yo romántico y su circunstancia” el autor destaca que “acaso la característica más radical del Romanticismo consista en el choque dramático entre el yo (subjetivo) poético y el mundo (objetivo) que le circunda… A esto se puede llamar, posiblemente, idealismo romántico”. (pág. 53) Otro aspecto capital de la literatura de la época es la “conciencia de soledad” del escritor. Esa soledad lleva a una confrontación entre el idealismo individual y la realidad objetiva del mundo con todas sus miserias. “Y el choque sólo da esa espantosa soledad que conduce a la locura y a la muerte”. Eso lleva a una trágica correlación con el suicidio, precedido por largos soliloquios en los diarios íntimos y a veces desesperados de los escritores románticos. Por eso “todo libro intimista es un cuaderno de soledades, un prólogo del suicidio”. (pág. 55)

  En ese contexto está claro que, sin llegar necesariamente al drama previamente, el autor romántico, “favorece el sentimiento por encima de la razón” (pág.57). Para poner por encima de la razón “ha de poner en primer plano el aspecto sentimental, afectivo”(pág. 58) “Los poetas románticos, en suma, han de proclamar la supremacía de lo sentimental amoroso”. (pág. 60) El autor también subraya la importancia de la naturaleza en libertad, del paisaje como elemento inspirador de los escritores románticos y su fascinación por el enigma melancólico de las ruinas, o macabro de los sepulcros, o por las noches de luna llena.

 Como es inevitable ¬y ha devenido un tópico y sinónimo en la acepción vulgar del concepto romántico¬ el amor por la mujer ocupa un lugar central en la poesía de la época. Para esto los escritores configuran un ideal femenino con un arquetipo que “a través de las descripciones de los poetas podemos ir dibujando una silueta que conviene a sus mejores sueños”. (pág.103) En Bécquer “el ideal femenino es una pura proyección espiritual” (pág. 105) que se refleja en su “predilección es por figuras afinadas (más esbeltas que altas), cabello rizado, ojos azules, con ingredientes de exotismo y mordacidad. En general para los poetas románticos “la mujer es una figura celestial,” (págs. 103 y 104)… “un ángel de luz” (pág. 105), fruto de “un entusiasmo idealizador” que contrasta con “la atroz decepción que el contacto de la realidad le procura”. (pág. 104)

Para esta sinopsis se ha utilizado la edición de 1936 (Editorial Espasa-Calpe. Colección Austral).

Fuente: http://www.guillermodiazplaja.com/libros-fundamentales/introduccion-al-estudio-del-romanticismo-espanol/

Publicado por: Eslany Indriago, Milimar López y Sergio Pineda.



NOCIONES GENERALES DEL ROMANTICISMO


   El Romanticismo es un movimiento general que revolucionó Europa en la primera mitad del s. XIX.

    A mitad del siglo XVIII, empieza a manifestarse en algunos países europeos, sobre todo Alemania e Inglaterra, un nuevo movimiento cultural revolucionario contrario al Racionalismo ilustrado. El movimiento, que triunfa en Europa en los primeros treinta años, se da en España con un cierto retraso, a causa de la situación política del país, cuando Alemania, Francia e Inglaterra evolucionan hacia nuevas tendencias.

La génesis del movimiento romántico

La aparición del Romanticismo está ligada a tres tipos de factores:

1. Factores políticos

  Liberalismo y Romanticismo se identifican. Los ideales románticos son incompatibles con el absolutismo o el despotismo ilustrado del XVIII.

2. Factores socio económicos

   En esta época destaca el triunfo de la burguesía sobre las demás clases como grupo dirigente. La burguesía adoptará un talante liberal en sintonía con la ideología romántica.

3. Factores culturales

  Desde el punto de vista filosófico, el romanticismo procede del idealismo alemán. El idealismo aparta de la filosofía su preocupación por los objetos exteriores y orienta su atención hacia el YO como realidad primordial y absoluta.

El Romanticismo en España

   El Romanticismo español tuvo una duración corta, pero intensa. Desde principios de siglo, algunos intelectuales y periódicos manifestaban una oposición clara a los principios del Neoclasicismo, pero fue en 1833 con el regreso de los exiliados cuando las ideas estéticas del Romanticismo se imponen. El fervor romántico se disipó pronto y a finales de los cuarenta se empieza a divisar una nueva estética.

  El Romanticismo español tiene como punto de partida el rechazo del movimiento anterior, el Neoclasicismo y la proclamación de la libertad e independencia del artista.

  En España, el Romanticismo dominará desde 1835 hasta 1845 aproximadamente, aunque el debate sobre las ideas románticas se inició en 1814 con la polémica sobre el teatro que tiene lugar en El Mercurio Gaditano entre José Joaquín de Mora y Nicolás Bohl de Faber, en la que se cuestionaba la superioridad de arte clásico (Mora) y la importancia del teatro del s. XVII, especialmente Calderón (Böhl).

Se distinguen tres etapas:

Prerromanticismo (1814-1835): Escritores formados en el racionalismo del siglo XVIII adoptan las nuevas ideas: Nicasio Álvarez Cienfuegos, Manuel José Quintana, Alberto Lista.

Romanticismo (1835-1845): Triunfa el movimiento con la obra de Duque de Rivas, Martínez de la Rosa, José de Espronceda, Mariano José de Larra y José Zorrilla.

Posromanticismo: A este pertenecen G.A. Bécquer y Rosalía de Castro. Estos crearon su obra cuando ya reinaba la estética realista. En 1854, el joven Valera constata el fin del movimiento romántico. En 1849, ya despunta la estética realista con la publicación de La gaviota de Fernán Caballero.

Una nueva visión de la realidad

   El Romanticismo supuso una nueva forma de entender el mundo. Es una nueva visión de la realidad que se caracteriza por dar la supremacía al individuo (culto al yo) sobre la sociedad.

   El romántico está convencido de que su bien más preciado es la libertad.

Libertad política: el romántico defiende el derecho a expresar sus puntos de vista y a participar en el gobierno de la nación.

Libertad moral y religiosa: Para el romántico ni las leyes morales ni religiosas determinan su conducta. Defiende la libre manifestación de sus sentimientos y pasiones.

Libertad de sentimientos: el romántico defiende la expresión (violenta, a veces) de los sentimientos y emociones.

   Mantiene una actitud idealista que no se corresponde con la realidad y que lleva al romántico a la rebeldía. La sociedad pone trabas a su libertad, por ello adopta una actitud rebelde contra las normas y lo establecido. En su idealismo, el romántico aspira a realidades más allá del mundo sensible. Patria, Mujer, Amor… son ideales concretos que persigue con apasionado afán.

   La sociedad vence al individuo. Cuando el romántico ve que su lucha está perdida, se siente abatido e impotente. Asoman entonces sentimientos de vacío, soledad, desengaño, insatisfacción, el llamado “mal del siglo”.

  En esas circunstancias, al romántico sólo le queda el aislamiento o la evasión. El enfrentamiento entre su espíritu idealista y la realidad le lleva muchas veces a desear la muerte (el suicidio) o a evadirse hacia lugares lejanos, apartados, exóticos o hacia épocas pasadas (surge un interés hacia la Edad Media). El romántico es un ser atormentado y triste, siempre a la búsqueda de lo inalcanzable. El pesimismo lo envuelve todo; el desengaño destruye al amor; el tiempo, la juventud; el más allá se presenta con misterio y duda; el dolor y la injusticia dominan la sociedad. La consecuencia de este cansancio de vivir es la búsqueda de la muerte, que se alza como liberadora.

La estética romántica

   Los románticos crearon y recrearon unos temas, unos personajes y unas formas estéticas muy concretas derivadas del individualismo y el ansia de libertad.


  • La exaltación del yo y el individualismo. El escritor romántico es anti-racionalista; valora la expresión de su subjetividad y de su conflicto interior, de sus sentimientos, emociones y pasiones.


  • El amor es el sentimiento máximo. El romántico vive el amor de dos formas: revestido de impetuosa pasión (Larra) o con dolorida melancolía (Bécquer). Siempre es un amor que rompe las convenciones sociales. El fin de este amor es muchas veces una muerte trágica (Los amantes de Teruel).


  • En su afán de rebeldía y libertad. Busca la evasión en el espacio. Busca espacios diferentes opuestos a la vulgaridad de la vida cotidiana. Recrea espacios apartados, misteriosos (cementerios, ruinas, ambientes sepulcrales, iglesias, castillos, altas cumbres, mar impetuoso, selvas inaccesibles...).


  • Evasión en el tiempo. La distancia en el tiempo vuelve misteriosas las épocas pasadas. El romántico siente predilección sobre todo por la Edad Media. La evasión en el pasado está motivada por el rechazo del presente y por el anhelo de reforma social, política, cultural y literaria.


  • Evasión en el sueño. El romántico encuentra en el sueño la posibilidad de eludir la realidad y viajar hacia el misterio. El sueño se convierte en un verdadero “estado poético” a través del cual el artista puede conocer aquello que es inaccesible en el estado de vigilia.

Toma como ejemplo personajes solitarios que viven al margen de las normas establecidas (DQ, Don Juan) o más genéricos (el pirata, el bandolero).


  • La naturaleza se presenta con toda su violencia y majestuosidad (rayos, truenos, niebla...) como reflejo del espíritu apasionado y atormentado del artista y deja de ser un mero decorado o un testigo indiferente.

Crea un nuevo concepto de la naturaleza, entendida como algo dinámico y sobre la que proyecta sus sentimientos.


  •     Patriotismo. Se exaltan los valores nacionales, las costumbres populares y el folclore de cada país con una idealización del pasado. Existe un claro sentimiento nacionalista.


  •      Motivos históricos y costumbristas. El Romanticismo se interesó más por la Edad Media que por otra época histórica. De ella recogió motivos y personajes (reyes, árabes…). El artista romántico también se interesa por las tradiciones y costumbres, por lo que se interesa por el folklore regional (canciones, bailes, trajes…). La expresión literaria de estas costumbres de hace desde una perspectiva idealizada lo que la distingue de la novela realista.


  •       El romántico todo lo observa con la imaginación y la fantasía que son las únicas potencias capaces de transmitir lo misterioso, lo sobrenatural. 


  •     La libertad justifica también el rechazo por las convenciones estéticas tradicionales. El estilo romántico se caracteriza por el empleo de recursos efectistas (abundancia de adjetivos sensoriales), por la incorporación de un vocabulario de las emociones y del misterio. Desaparece la armonía y el equilibrio del neoclasicismo para dar paso a un estilo violento y dinámico.

Los géneros literarios

Durante el Romanticismo el teatro y la poesía fueron los géneros literarios por excelencia.

El teatro

El género dominante fue el drama. El drama romántico se define por una serie de rasgos:

a. La eliminación de las tres unidades clásicas

b. El empleo del verso o la mezcla del verso y la prosa

c. La mezcla de lo trágico y lo cómico, lo popular y lo aristocrático…

d. La introducción de grandes efectos escénicos

e. La preferencia por los temas históricos

f. El planteamiento de los conflictos propios del Romanticismo (Don Álvaro o la fuerza del sino de Duque de Rivas)

La poesía

   En la poesía romántica se dan dos tendencias. Por un lado, la poesía de carácter histórico-legendario y altisonante (Rivas, Zorrilla, Espronceda); por otro, una poesía de carácter lírico-sentimental (Bécquer, Rosalía de Castro).

      La poesía romántica es fuertemente subjetiva. Sus rasgos más destacables son:

a. El empleo de abundantes recursos retóricos y simbólicos: imágenes, metáforas y comparaciones entre el mundo natural y los estados anímicos.

b. La altura tonal en la línea melódica con la abundancia de recursos efectistas: exclamación, interrogación, apóstrofe.

c. La polimetría. La utilización en un mismo poema de diversas estrofas. Las estrofas más comunes fueron la Silva, la octava, el romance y la estrofa manriqueña.


La prosa

La prosa romántica contó con tres tipos de manifestaciones:

a. La novela histórica. El nacimiento de este género se explica por el interés de los románticos hacia el pasado, especialmente la Edad Media. La novela histórica es un claro ejemplo de la evasión romántica. (Sancho Saldaña (1834) de José de Espronceda, El doncel de Don Enrique el Doliente (1834) de Larra)

b. Las leyendas. Es un género que recoge el gusto romántico por el misterio. (Cantos del trovador de José Zorrilla, Leyendas de Bécquer)

c. El costumbrismo. El costumbrismo es la manifestación más importante de la prosa romántica. Es el resultado de una minuciosa observación de la realidad, pero de una realidad especialmente popular, folklórica y pintoresca.

    El artículo de costumbres es un género breve, difundido por la prensa.

   En la primera mitad del siglo XIX surgieron bastantes escritores costumbristas que solían cultivar este género bajo el disfraz del seudónimo: El Pobrecito hablador y Fígaro (Larra); El Curioso Parlante

(Mesonero); El Solitario (Estébanez Calderón)...

La aparición del costumbrismo se puede justificar, entre otras, por las siguientes causas:

• La necesidad de testimoniar la transición española de principios del XIX.

• Fijar con exactitud la esencia del país.

• Ser el reflejo de una realidad ignorada por el historiador.

  Los artículos de costumbres se publicaron en la prensa española desde 1828, pero hay dos publicaciones muy representativas:

   El Semanario Pintoresco Español, empezó a publicarse en abril de 1836 y fue dirigido algunos años por Mesonero Romanos. El periódico publicaba desde descripciones de animales hasta escritos de divulgación científica. Y Los españoles pintados por sí mismos (1843-44). Contenía artículos que pretendían reflejar la realidad española a base de la descripción de tipos característicos.



Fuente:http://www.materialesdelengua.org/LITERATURA/HISTORIA_LITERATURA/LARRA/f_larra_romanticismo_caracteristicas.pdf´

Publicado por: Eslany Indriago, Milimar López y Sergio Pineda,