sábado, 8 de abril de 2017

El imaginario de la poesía de Federico García Lorca




 El imaginario de la poesía de Federico García Lorca


 Dice Rodolfo M. Ragucci sobre la poesía de García Lorca: "este eximio y singular poeta se caracteriza por la constante evolución desde lo popular hasta los lindes de la poesía pura. En su producción, es dado observar una extraña variedad de tonos que se suceden o entremezclan: popular, infantil, sencillo, alambicado, subjetivo, realista, misterioso, andaluz, gitano, pintoresco, dramático, tradicional, clásico, modernista, metafórico, parnasiano, ultraísta, ligero, profundo y oscuro; pero es siempre pintor y músico"

Con base en este comentario podemos analizar la obra de Lorca tomando en cuenta dos obras que marcan la cúspide de su quehacer poético desde dos perspectivas diferentes: Con Romancero Gitano (1928) el imaginario fluctúa entre lo gitano, lo popular, lo andaluz, lo pintoresco y el campo; por otro lado, el póstumo poemario Poeta en Nueva York (1940), nos marca ya, desde el propio título, un cambio en imaginario abordado por Lorca; ahora los poemas hablan de los negros de Harlem, de la ciudad, de lo vanguardista, lo surrealista, lo decadente.

Romancero Gitano

García Lorca dice que este libro es “El poema de Andalucía; y lo llamo gitano, porque gitano es lo más elevado, lo más profundo, más aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza y universal” Podemos decir, entonces, que al crear el imaginario de Romancero, el poeta lo hacía con la intención de retratar al gitano, al andaluz y a la región de Andalucía

Romance de la luna luna (Fragmento):


La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.



Poeta en Nueva York

“Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada el ritmo puede parecer alegre, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y la esclavitud dolorosa del hombre y máquinas juntos, se comprende aquella típica angustia vacía que hacer perdonable, por evasión, hasta el crimen y el bandidaje”

       La ciudad:

            Si en  Romancero gitano el imaginario y los temas están supeditados por los valles y la naturaleza de Andalucía, en Poeta en Nueva York, es esta misma ciudad y sus adyacencias, con sus callejones y su inmundicias, la que determinan el humor de los poemas. Así lo explica el poeta cuando habla sobre el poema “Vuelta de paseo”: “Pero hay que salir a la ciudad y hay que vencerla, se puede uno entregar a las reacciones líricas sin haberse rozado con las personas de las avenidas y con la baraja de hombres de todo el mundo” (p.141).  Es bien sabido que a Federico le impresionó enormemente esta ciudad, al ver la industrialización, el salvaje capitalismo, la deshumanización de sus habitantes y el trato tan deplorable hacia los afroamericanos. “Yo, solo y errante, agotado por el ritmo de los inmensos letreros luminosos de Times Square, huía en este pequeño poema de inmenso ejercito de ventanas donde ni una sola persona tiene tiepo de mirar una nube o dialogar con una de esas delicadas brisas que tercamente envía el mar sin tener jamás una respuesta” p.141. “Lo impresionante por frío y por cruel es Wall Street” (p. 144) Federico se da cuenta de que no hay otro logar en la tierra donde el alma del hombre se halla perdido de tal manera

       Los negros

Así como los gitanos son personajes frecuentes y centrales del Romancero gitano, aquí los negros son muchas veces los protagonistas de los poemas (CITA): Es indudable que ellos [los negros] ejercen una enorme influencia en Norteamérica y, pese a quien, son lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo. Porque creen, porque esperan, porque cantan y porque tienen una exquisita pereza religiosa que los salva de todos sus peligrosos afanes actuales.” p. 142  García Lorca tenía la misma ansias de plasmar el dolor y la vida cotidiana de unos individuos que se encuentran en las periferias de la sociedad dominante. Pero los negros, a diferencia de lo gitanos, sufren un dolor, si se quiere, menos místico, puesto que las causas de sus penas son muchas y están claramente ejecutadas por los blancos.  Los negros  viven en las periferias de la ciudad porque así se lo han impuesto “las gentes ricas”. Y, a pesar de que la esclavitud fue abolida según los blancos, para los negros esto no parece muy cierto, porque ellos viven en un mundo contrario donde se les siguen negando todas las facilidades y donde llevan la palabra “recelo” marcada en sus frentes. Esta intención de Lorca por retratar aquella “raza de Harlem” se aprecia en los poemas “Norma y paraíso de los negros” y “Oda al rey de Harlem”

 Fuentes:

García, Federico. (2006). Obras completas. III. Barcelona: Instituto Cervantes.

García, Federico. (2004). Poesía completa. III. Barcelona: De bolsillo.

González, María. (s.f). Lorca en lunfardo. Extraído de : http://www.monografias.com/trabajos13/lorca/lorca.shtml


 

El romanticismo en la poesía de Federico García Lorca.



 El romanticismo en la poesía de Federico García Lorca.
         

   La predominancia de los sentimientos, por encima de cualquier explicación racional de las figuras y construcciones poéticas, es un rasgo característico del romanticismo, el cual está presente en la obra de Lorca. El talentoso granadino explota los recursos románticos hasta llegar a los límites del inconsciente, es decir, hasta llegar al surrealismo, el cual se evidencia en todo su esplendor en su libro Poeta en Nueva York (1940), mientras que en Romancero gitano(1928), la técnica que predomina es la unión entre la narrativa y la expresión lírica, dando, en ocasiones, mayor importancia a la evocación de sentimientos y sensaciones, que a la historia que se pretende narrar; uno de los más claros ejemplos de ellos es el poema “Romance sonámbulo” . Para constatar este rasgo de su poética, el propio autor expone en un ensayo titulado Consejos al poeta, sus ideas sobre la poesía: “No expliques absolutamente nada ni te ruborices nunca de tu idéntico temblor ante la mariposa y el hipopótamo.” (Obras completas. III. p. 269) Los poemas son, para Lorca, una extensión de sí mismo, son “carne mía, alegría mía y sentimiento mío." (p. 139)


Romance sonámbulo (Fragmentos):

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.
(…)
Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los montes de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
ese trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir
decentemente en mi cama.
(…)
Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche su puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos,
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.





 Fuentes.

García Lorca, Federico. (2006). Obras completas. III. Barcelona: Instituto Cervantes.
García Lorca. Federico. (2008). Romancero Gitano. Madrid: Austral
 “La poesía no es cuestión de consonante: es cuestión de corazón” porque su voz “es un clamor oceánico, que no se puede limitar; es un lamento demasiado primitivo y grande, que no admite presidios retóricos.”

Poema Vientos del pueblo me llevan 
Autor: Miguel Hernández
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

Integrantes: Milimar López, Eslany Indriago y Sergio Pineda
Romanticismo en Miguel Hernandez

Sobre la vida y su obra se han escrito y se escribe innumerables artículos, ensayos, tesis doctorales, y biografías. También se ha llevado al cine su peripecia vital. Para no perdernos en biografiamos que muchas veces oscurecen la trascendencia de su poesía, transcribimos la siguiente nota autobiográfica publicada en Nuestra Bandera el 27 de agosto de 1937 que explica tanto las fuentes, las raíces y la función de su poesía como su pensamiento poético:


Nací en Orihuela hace veintiséis años. He tenido una experiencia del campo y sus trabajos, penosa dura, como la necesita cada hombre, cuidando cabras y cortando a golpes de hacha olmos y chopos, me he defendido del hambre, de los amos, de las lluvias y de estos veranos levantinos, inhumanos, ardientes. La poesía es en mí una necesidad y escribo porque no encuentro remedio para no escribir. La sentí, como sentí mi condición de hombre, y como hombre la conllevo, procurando a cada paso dignificarme a través de sus martillazos. Me he metido con toda ella dentro de esta tremenda España popular, de la que no sé si he salido nunca. En la guerra, la escribo como un arma y en la paz será también un arma, aunque reposada. Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy dispuesto a vivir como a morir. 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=224768

Integrantes: Milimar López, Eslany Indriago y Sergio Pineda
Miguel Hernández, entre el amor y el compromiso
Autor: Antonio José Domínguez
En Miguel Hernández la poesía es un destino y una necesidad, no sólo de comunicación sino también de confraternización.
Hoy día existen múltiples razones para leer, evocar y explicar la poesía de Miguel Hernández. En sus poemarios escritos durante la Guerra civil están presentes las exhortaciones épicas, las cuales son tomadas con reflexividad lírica; tenemos de ejemplo a los siguientes poemas: Vientos del pueblo me llevan, El niño yuntero, El sudor y Canción del esposo soldado.
Miguel Hernández tiene poemas que desarrollan un “yo” poético, realizando un retrato moral que apela a la esperanza más allá de los desastres existenciales y colectivos. En estos poemas se comprueba una vez más que este autor tiene su propio lenguaje y alfabeto al mantener diferentes registros diferentes en uno y en otro. Así mismo,  también se busca el acercamiento de un lector libre de toda frontera lingüística, es decir, intenta que el lector no se sienta ajeno al lenguaje poético.
de igual forma, el escenario bélico no hacía a la poesía encaminarse solo hacia una temática. 
Su poesía no es una ensimismada, no se encierra sobre sí misma, sino que busca compartir el mismo canto. Para conseguir esta comunión con el lector, el vocabulario hernandiano, sus ritmos y sus métricas tienen sus preocupaciones y raíces en los clásicos españoles, pero también en los octosilábicos de la copla y el romance. No podemos olvidar que Miguel Hernández acompaña al Nuevo Romancero nacido en el campo de batalla en defensa de la República para legitimar una poesía de combate, como la situación del pueblo andaluz, la explotación ejemplificada en los poemas El niño yuntero o en El sudor, la denuncia del asesinato de Federico García Lorca en “Elegía”. Esta exaltación épica, se troca en reflexión lírica impregnada de testimonios surgidos en la batalla y donde el amor está presente en medio de la ausencia y de la muerte, como en el poema Carta. Aquí el poeta documenta su dolor a partir de la desolación de los otros, de todos los soldados, metaforizado en aquellas cartas abandonadas y sin dueños que fueron escritas y que sus receptores nunca recibirán: desastres pequeños de la guerra que un poeta como Miguel Hernández testimonia como homenaje a los héroes anónimos.

Como podemos apreciar, la poesía en Miguel Hernández es un destino y una necesidad, no sólo de comunicación sino también de confraternización. Del territorio moral y existencial de sus heridas, reiteradamente enunciadas y cantadas, nace la radicalidad de todas sus experiencias poéticas. 

“La poesía no es cuestión de consonante: es cuestión de corazón” porque su voz “es un clamor oceánico, que no se puede limitar; es un lamento demasiado primitivo y grande, que no admite presidios retóricos.”

Un par de años antes, tenemos otro documento de Miguel Hernández que ha sido considerado como su Poética. Es lógico que en un momento en el que el culto a la metáfora auspiciada por la doctrina orteguiana de la deshumanización del arte, una conciencia poética más proclive a un nuevo romanticismo se incline por el misterio, el secreto del poema: esfinge, afirma él. Sin embargo, esta formulación tiene su excepción o su variante. Se refiere, concretamente a lo que él llama poesía profética. En ella todo debe ser claridad porque no se trata de ilustrar sensaciones, de solear cerebros con el relámpago de la imagen de la talla, sino de propagar emociones, de avivar vidas. De aquí surge una admonición: “Guardaos poetas, de dar frutos sin piel, mares sin sal.” Estas ideas nos ponen de relieve una tensión que será la energía de una trayectoria poética que se va debatir constantemente entre lo que podemos llamar poesía culta y poesía popular que, en circunstancias excepcionales, tanto en la práctica como en la teoría, desembocará, después de un largo camino, en la dilucidación y síntesis que existe entre arte y compromiso político.

Este camino se inicia con la avidez de materializar en palabras la necesidad expresiva y comunicativa a través de la poesía. No creemos necesario hablar de autodidactismo, mejor hablar de autoeducación basado en un persistente y vocacional trabajo solitario. Cualquier marchamo definitorio no deja de ser un reduccionismo.

El primer libro que publica como sabemos es Perito en lunas, enero de 1933, en este poema busca más la sorpresa que las sugerencias significativas, aunque el término “luna” nos traslade a uno de los símbolos del romanticismo. Este su primer libro anuncia ya una vocación y una etapa de aprendizaje. Es un poemario de juventud y condicionado por la tendencia de los conceptos de la poesía pura enunciadas por Henri Bremond, el gongorismo de la Generación del 27, tendencias rechazadas por Antonio Machado en su díptico: Toda imaginería que no ha brotado del río pura bisutería. En este su primer libro, la metáfora es el soporte de cada poema, así como la octava real la estrofa predominante. Aquí el poeta ha trasmutado la realidad en una realidad poética encerrada en sí misma que provoca emoción por su rígido hermetismo.

Perito en lunas no dejó satisfecho a su autor ni tampoco a sus compañeros poetas, pero contó siempre con el apoyo de Vicente Aleixandre que le animó a proseguir y superar sus caídas y desfallecimientos. Sus anhelos y sus nuevos descubrimientos poéticos serán decisivos para “negar” su etapa anterior sin perder la mejor tradición del Siglo de Oro. En este proceso de aprendizaje es digno destacar las enseñanzas de Benjamín Palencia y Alberto Fernández, pintor y escultor de la llamada Escuela de Vallecas y cuyas estéticas alejadas del esteticismo se enraizaban en las realidades inmediatas.

Después de varias tentativas, en 1936, aparece uno de los libros más importantes del siglo XX. Estamos hablando de El rayo que no cesa donde ya queda lejos la “poesía pura” para poetizar de un modo radical el sentimiento amoroso. Neorromanticismo, sí, pero desde una conciencia existencial que se debate entre la necesidad erótica y su trágico hostigamiento:

“Este rayo ni cesa ni se agota: // de mí mismo tomó su procedencia // y ejercita en mí sus furores. Esta obstinada piedra de mí brota // y sobre mí dirige la insistencia // de sus lluviosos rayos destructores.”

Si pudiéramos resumir este libro en un verso, el de Francisco de Quevedo, “Hay en mi corazón furias y penas,” sería el más certero. Este libro que nace de una crisis amorosa y de una transformación de su neocatolicismo en una toma de conciencia social que coincide con la proclamación de la República y la huelga de mineros en Asturias en 1934. Este proceso se percibe mejor en su producción teatral que transcurre desde su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y la sombra de lo que eras publicado en la revista Cruz y raya, y dirigida por José Bergamín hasta las obras escritas durante la contienda bélica.

La producción posterior de Miguel Hernández está marcada por aconteceres históricos y personales, es decir, la Guerra civil, enfermedad y cárcel que se concreta fundamentalmente en Viento del pueblo, El hombre acecha y Cancionero y romancero de ausencias.

“Viento del pueblo” se abre con una dedicatoria a Vicente Aleixandre que puede considerarse como una confesión programática:

Vicente: A nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a los hombres (...) Nuestro destino es parar en las manos del pueblo(...) Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas.

En sus poemas podemos encontrar el reflejo de crisis sentimentales a través del soneto, al circunscribe a la corriente neorromántica, frente a la ausencia de humanidad de la poesía pura. En este libro, los referentes de sus metáforas están en la naturaleza inmediata y donde quedan lejanas las alusiones a la civilización tecnológica, muy del agrado de los poetas puros y vanguardistas. Las metáforas tradicionales son sustituidas por otras de carácter irracional que marcan el dramatismo .

En el siguiente libro, El hombre acecha declina su tono vitalista y de apuesta por el futuro, pero siempre con una inflexible esperanza. La guerra ha ido dejando demasiadas tragedias. Sin embargo, en su último poema, Canción última, el fervor permanece incólume:

“Florecerán los besos // sobre las almohadas. // Y en torno de los cuerpos // elevará la sábana // su intensa enredadera // nocturna perfumada. // El odio se amortigua // detrás de la ventana. // Será la garra suave. // Dejadme la esperanza.”

Y, por último, Cancionero y romancero de ausencias, un poemario escrito entre 1938 finales de 1939 en donde se dan cita no sólo los avatares de la guerra, sino también circunstancias personales. Intimismo y denuncia social implícita en breves poemas de carácter popular intensificado en desnudez y concentración para no dañar la dimensión trágica que se niega a admitir y que queda patente en Eterna sombra, uno de sus últimos poemas:

Turbia es la lucha sin sed de mañana./ ¡Qué lejanía de opacos latidos! / Soy una cárcel con una ventana / Ante una gran soledad de rugidos / Soy una abierta ventana que escucha, / por donde va tenebrosa la vida. / Pero hay un rayo de sol en la lucha /que deja la sombra vencida.

La imagen de Miguel Hernández se ha acuñado entre el mito y el tópico. Muchos críticos y la opinión de muchos de sus compañeros han contribuido a considerarlo como un verso suelto en la historia de la literatura. No solo me estoy refiriendo a la aceptación o no de algunos poetas de su generación, sino a un biografismo que le ha alejado muchas veces de su trascendencia poética. Es cierto que nace en ese interregno entre la poesía pura y la vanguardia, entre el periodo republicano y la Guerra civil, pero desde su primer libro, Perito en lunas, ya se advierte una conciencia y preocupaciones poéticas sustentadas por un profundo conocimiento de los poetas clásicos españoles y una voluntad de ser poeta y no rimador al uso, y poseer una concepción del poema como elaboración y artificio: Sobre esto afirmó que la poesía era una bella mentira, una verdad insinuada, pensamiento que pone entre paréntesis el principio de sinceridad del romanticismo, poetizado también por Antonio Machado en su poema “Dime noche, amada vieja”: Para Miguel Hernández, las palabras son el material que puede expresar los universales del sentimiento y, en su caso, una conciencia trágica cuya esperanza estaba en el “nosotros”.


En su Cancionero y Romancero ese refleja al poeta de la Guerra civil, uno que ha recorrido un camino poético y vital de desgarros y renuncias, y una vida de coherencia política. 

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=224768

Integrantes: Milimar López, Eslany Indriago y Sergio Pineda. 

Romanticismo en Miguel Hernández
Desde la composición de sus primeros poemas, alrededor del año de 1929, hasta la escritura de los poemas que integran Perito en lunas, publicado en enero de 1933, nos hallamos ante los resultados de un proceso de aprendizaje del poeta en donde escribe imitando a diversos autores, entre los que ocupan un lugar destacado aquellos, como Vicente Medina, y corresponden ideológicamente a una concepción rural y católica, aunque más completa y exacta, tal como afirman Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia :“Miguel escribe dentro de los que respiran con aires de bucolismo gabrielgalanesco, de romanticismo sentimentaloide o de pastiches modernistas”, sintetizando sus opiniones al afirmar : “el autor ha recorrido (en esta etapa de su prehistoria literaria) toda la poesía decimonónica desde el romanticismo al modernismo”. Miguel Hernández, Obra poética completa, Prólogo de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, Alianza Tres, Madrid, 1988, págs. 28 y 536.

Fuente: Tesis titulada Miguel Hernández, una nueva visión, de Manuel Parra Pozuelo publicada en Madrid. 
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